Invitada en la muestra de Gyula Kosice.
Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat.
Curadoría: Marina Oybin.
Fotografía: Fabián Cañás.



Universos potenciados
Marina Oybin

Exuberantes flores fuera de escala y una exótica fauna de seres antropomorfos, insectos y colibríes gigantes habitan el deslumbrante cosmos de Marcela Cabutti. La artista dio vida a una nueva especie de luciérnagas y libélulas hechas con cristal de Murano, metales y sistemas eléctricos. Investigó y creó con aire y luz: primero, objetos de plástico inflable; luego, de cristal traslúcido. Con cristal soplado, hizo fascinantes gotas gruesas que dan la impresión de flotar, paisajes infinitos, besos, lluvias negras, geometrías del cielo y arqueologías del amor.
Artífice de obras con agua y luz, Gyula Kosice comenzó a gestar su sueño espacial ya en 1944, cuando aseguró: “El hombre no ha de terminar en la Tierra”. Fundador de la revista Arturo, el autor del Manifiesto Madí y maestro del arte cinético y lumínico creó una ciudad hidroespacial con sello inconfundible. No sólo imaginó lugares para habitar en las alturas, sino que además mostró y explicó su proyecto con envidiable pasión. Poco importa que resulte inviable poner en órbita una ciudad a mil quinientos metros de altura: pionero, Kosice imaginó desde el arte nuevos vínculos sociales y personales. En las células hidroespaciales, los hidrociudadanos podrán unir sus hábitats (viviendas espaciales móviles y acoplables) con las de otros y, cuando lo deseen, regresar a la Tierra en viaje fugaz: Simbiosis condensa ese sueño que desveló a Kosice.
La poesía, la literatura y la ciencia nutrieron a ambos artistas. Kosice se empeñó en validar su utópica polis —aunque no lo logró— con la NASA. Cabutti cursó la maestría en Diseño y Biónica en el Centro de Investigación del Instituto Europeo de Diseño de Milán. Tras explorar en el Museo de Ciencias Naturales de esa ciudad, creó plantas carnívoras. Trabajó con los libri rari: aguafuertes originales de los primeros ilustradores científicos que hicieron clasificaciones de las especies. A partir de grabados de la taxonomía de mil quinientas variedades de murciélagos, hizo sus series Bat y Cielitos.
Juntos, los universos hipnóticos de Kosice y Cabutti se potencian. Entre los quinientos lugares imaginados por Kosice para vivir en la ciudad hidroespacial, figuran sitios para experimentar “explosiones de júbilo contenido” y otros donde “establecer coordenadas sentimentales, corporales, copulativas, sexuales y eróticas en levitación sublimada”.
Hay espacio para “la evocación paralela del verbo amar con el fulgurante hidroamor correspondido”, y sitios especiales para “amaestrar el cosmos”, “contar con el arte para arrinconar la verdad” y “sobrevivir en cuerpo y alma al lenguaje deshumanizado”. Va por más con un “lugar improvisado donde el azar es corregido y el absoluto es una quimera”.
Quizás el agua cristalizada entre el azul estrellado Kosice se confunda con las gotas de cristal de Cabutti. Basta con imaginar la vida en una cápsula de la ciudad hidroespacial, donde es posible “ser innovador en la interpretación de las burbujas de aire y estar envuelto en ese estado de encantamiento”, en medio de una lluvia de cristales azabache Cabutti, para experimentar una ráfaga intensa. Y empezar a creer en mundos utópicos

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