Salitas. Fundación OSDE. CABA.
Fotografía: Gustavo Barugel.

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Por Marcela Cabutti

En determinadas circunstancias se hacen presentes imágenes y recuerdos vividos de lugares y arquitecturas ya atravesadas, recorridas hace muchos años que de repente se vuelven actuales y reales. Ese momento, como un deja vu, una palabra, un nombre, un olor activan mundos Otros. 
En esta oportunidad, pensando en esta obra, recordé lo que investigué hace veintidós años en la universidad a partir de mi tesis, en la que desarrollé muchas cuestiones técnicas con Santiago Fink, mi abuelo, y con Jorge Rodríguez Marino, de Espacios Inflables ―en los 70 trabajó piezas para Patricia Stokoe. En aquel momento mi abuelo inventó una herramienta que hoy decidí desarmar sin perder el orden certero que le dio a cada arandela (arandelas comunes y de las de presión), un lugar donde cada una tenía una función. No es que sea una herramienta sofisticada, pero si exquisitamente intuitiva y afectuosa, y por eso no querría darle otro orden, no querría perder aquel que mi abuelo propuso; como si en este respetar el orden se volviera presente el acto de entendimiento descubierto hace mucho tiempo.
Él fue quien me propuso el diseño de su mango liso, por donde ejercer la fuerza, usando una manguera de ¾ con rayas verdes y blancas, de modo que la planchuela de metal no me fuera hostil y fría a la mano.
Esta tarde, con emoción cambié la rueda de goma, que a causa del tiempo se había cuarteado. En aquel momento, esa ruedita inventada nos había llevado mucho tiempo conseguirla (un tope de puerta cortado a la mitad, del que se obtenían dos ruedas adaptadas). Hoy el hallazgo es más veloz pero igualmente emocionante. Herramientas primitivas y felices.
Los oficios tienen esa capacidad de evocar saber, de evocar sentimientos.
Otro mecanismo de activación espacial y temporal fue el olor del solvente, olor a químico que embriaga. Puedo regresar mentalmente al Galponguito cuando quiera. Esto es un privilegio. Existen lugares a los que se puede volver con alegría. 
Esa capacidad de transportación, como viajes temporales, la descubrí, de manera conciente y experimental en Real del Catorce, en México hace muchos años, cuando éramos muchos más. Allí, pude imaginar vuelos rasantes y esculturas flotadoras, cometas gigantes volando sobre parajes húmedos y templos mayas.
Ahora, en las Salitas de Osde, con un trabajo de similares características técnicas, aprehendidas y conocidas, no solo retorno a las esculturas inflables sino mas específicamente al Templo de 1992, al de las 1000 columnas de Chichén Itzá, al sonido de probables poesías, al sonido de palabras espontáneas con Edgardo Vigo en el CAV, como también regresa el brillo encantado del espacio.
Bloques de sentimientos y sensaciones que vuelven.
Retornos al juego feliz, al inicio de algo. Regresos a un tiempo suspendido de perspectivas amplias e infinitas. 
Puedo volar y ser de noche ave.
¿Que mecanismos (además de esta rústica herramienta), actúan para volver estas imágenes presentes?
No estoy segura, no son cuestiones únicamente que tengan que ver con los recuerdos de infancia, son ciertos lugares simbólicos que ponen de manifiesto y activan ciertas verdades.
La arquitectura interior de las Salitas es exuberante en su decoración, en la superposición de brillos, del color dorado que contrasta con la rusticidad del ladrillo hueco. La composición aleatoria de los minerales de las distintas tierras y arcillas usadas para la producción de ladrillos generan una infinita gama de terrosos colores monocromos, que sugieren, independientemente de las formas construidas, una serie de paisajes geométricos a partir del color y sus variantes.
El sistema de producción de los ladrillos huecos está automatizado en todo su proceso de fabricación; durante el secado y cocción de los mismos la mirada artística rescata sus aspectos más  “artesanales”.
En el espacio donde se ubica la intervención, en sus inicios, la firma Maple exhibía lo más preciado, las piezas más suntuosas, los tesoros, como en un pequeño templo. Estas salas curvas y continuas, aún hoy, poseen elementos arquitectónicos ―como las columnas dóricas de fuste estriado, las columnas adosadas, las ventanas ciegas― cuya función es la ornamentación más que un elemento de sostén de la arquitectura. 
Estas formas ornamentales son tomadas en su escala real, y al ocupar nuevos lugares y nuevas materialidades crean disfunciones y dejan ver a la arquitectura original generando una nueva arquitectura “inmaterial” contrariando la función propia de las columnas que en este caso nada sostienen.
Son perspectivas temporales que engañan.
Mientras menos claras son, menos existen en un solo lugar.


Galponguito: nombre dado a mi primer taller en el Galpón en casa de mi abuelo Santiago, “Guito”

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